En la labor que he realizado trabajando con diversos medios de solución de controversias, existen reglas básicas que todo mediador-conciliador, facilitador o coordinador de parentalidad debería conocer: no juzgamos, no opinamos, no aconsejamos y no criticamos. Según diversos autores, puede haber algunas variaciones, pero el fin es el mismo: guardar la neutralidad e imparcialidad al ayudar a resolver un conflicto entre diversas partes. Debemos ser respetuosos con las personas que solicitan nuestra ayuda y tener muy claras las historias de vida que comparten con nosotros, ya que se trata de su esencia como ser humano.
La historia de vida marca con un sello particular a cada persona; crea quienes somos y determina la forma en que vivimos nuestro día a día. Desde que nacemos, se comienza a construir nuestra historia, iniciando en la familia. Nos formamos desde el primer día de vida y, con el tiempo, aprendemos a confrontar situaciones en nuestros distintos contextos: familia, pareja, amigos, entre otros. Cada momento vivido deja una huella que puede fortalecernos o lastimarnos, construye nuestra personalidad y, al sumarse, define quiénes somos y cómo actuamos. La suma de momentos —lo que hicimos o dejamos de hacer, lo que dijimos o callamos, lo que esperábamos que sucediera— es lo que construye nuestra historia.
En el camino de la vida encontramos el contraste entre lo que definimos como bueno o malo. Por un lado, acumulamos momentos felices, vitales para nuestra construcción personal; por otro, enfrentamos sucesos dolorosos que nadie quisiera vivir, desde pérdidas personales hasta acciones humanas que dañan a personas y familias. Ojalá solo existiera lo bueno, pero la realidad es que todos hemos tenido que enfrentar lo malo, y cuando se maneja adecuadamente, incluso puede hacernos más fuertes.
Son esos momentos buenos y malos los que nos construyen, junto con las personas que elegimos para acompañarnos. Todo ello da matices a nuestra personalidad, sin perder de vista la influencia de la naturaleza y la genética. Influyen también los factores físicos, la ideología, los valores y creencias, las experiencias personales, los factores sociales como el estatus económico, y los factores geográficos, como el lugar donde nacemos o crecemos. La suma de todos estos elementos y de cada experiencia de vida es lo que conforma nuestra esencia.
La historia de vida es especialmente relevante cuando enfrentamos conflictos, ya que permite comprender la forma en que los confrontamos y las decisiones que tomamos. Para un mediador-conciliador, facilitador o coordinador de parentalidad, es indispensable escuchar estas historias con respeto y empatía, sin apropiarse de ellas. La historia de vida ayuda a entender el actuar de una persona, pero no justifica si un acto es o no adecuado. Cada historia es única y diversa, y representa el punto de partida para comprender de manera objetiva y profesional a quienes nos brindan su confianza. El especialista en medios alternos de solución de conflictos debe ajustarse estrictamente a su rol, sin actuar como terapeuta, aun cuando lo sea. Su labor es la disolución del conflicto o el trabajo sobre el daño generado, siempre con profesionalismo y ética, respetando la complejidad de cada historia.
Cuando una persona decide resolver un conflicto a través de un especialista, debe saber que compartirá parte de su historia de vida de forma sincera y auténtica, incluso aspectos que quizá no ha querido reconocer ni consigo misma. Por ello, es fundamental que se sienta segura y cómoda con su especialista, quien le ayudará a analizar su historia de manera objetiva y precisa, identificando los puntos esenciales. El especialista se convierte en un ancla de seguridad, respeto y lealtad a la confianza otorgada. Compartir una historia de vida en medio de un conflicto o un daño implica una decisión de cambio, un compromiso por restaurar, solucionar y continuar construyendo mejores momentos.
En conclusión, la historia de vida es un cúmulo de experiencias, de momentos buenos y malos, y representa la esencia de cada persona en todos sus contextos: familiar, personal, profesional, social, político y económico. Para mí, es el equivalente al lienzo de un artista, donde comenzamos a crear magia a partir de la confianza y la verdad. Espero que esta reflexión te invite a mirar tu propia historia, reconocer su valor y otorgarle la misma importancia que nosotros le damos.